"Yo vengo a acompañar a mi almirante", manifestó con emoción visible el capitán de navío (r) Oscar Lebel, quien el 27 de junio de 1973 se atrincheró
en su casa y colgó del balcón un cartel que rezaba: "Abajo la dictadura".
Pocos días antes el entonces comandante de la Armada, vicealmirante (r) Juan José Zorrilla, ordenó a sus marinos formar una barrera a lo largo de la calle Juan Carlos Gómez y cercó la Ciudad Vieja, como última medida de defensa de las instituciones.
Transcribimos un artículo de LUIS CASAL BECK
Diario LA REPUBLICA - Uruguay
Fue sepultado ayer, con el mayor de los reconocimientos. En febrero de 1973, el almirante Juan José Zorrilla, que comandaba la Armada, se opuso al levantamiento del Ejército y la Fuerza Aérea.
Inesperadamente, se transformó en un símbolo del honor militar y del apego a la legalidad republicana.
Oriundo de Rivera, donde había nacido en 1920, Juan José Zorrilla estudio en la Escuela Naval, donde fue un alumno más; se graduó de guardiamarina, hizo su carrera en la que obtuvo el reconocimiento de sus pares, por su buen desempeño, llegando a comandar el destructor Uruguay (1960-1963), y el petrolero Oribe (1967-1968). Era un hombre sencillo, que cultivaba un perfil bajo, y le asignaba un gran papel a su familia: tuvo 4 hijos, 15 nietos, 8 bisnietos. Se sentía identificado con la ideología batllista.
En 1972 ascendió al grado de contralmirante, y le fue confiado el comando de la Armada, donde no llegó a estar un año. En febrero de 1973, la Armada no acompañó el alzamiento del Ejército y de la Fuerza Aérea, que desconocieron la decisión del gobierno de la época, encabezado por Juan María Bordaberry, de designar como ministro de Defensa Nacional al general Antonio Francese, que pretendía disciplinar la interna militar, eliminando a algunos mandos que inclinaban la balanza hacia una ruptura institucional, que terminó de concretarse en junio, instaurando una larga dictadura (1973-1985).
Zorrilla, no solo reafirmó su respecto a la Constitución. A las 2 de la madrugada del 9 de febrero, la Armada cercó militarmente la Ciudad Vieja de Montevideo, y el propio Zorrilla concurrió hasta el Palacio Estévez, sede del gobierno, y le planteó a Bordaberry que se instalara en esa zona segura, mientras tanques del Ejército se desplazaban por distintas partes de la ciudad. Pero Bordaberry, no aceptó.
El entonces presidente, salió en cadena de radio y televisión junto a Francese, afirmando que la postura del Ejército y la aeronáutica “configura una situación inadmisible desde el punto de vista constitucional (…) la defensa intransigente de la legalidad y de la institucionalidad, hacen hoy más que nunca imprescindible que el general Francese, permanezca en su cargo”, añadió. Huérfano de apoyo popular, Bordaberry cedió a las presiones castrenses en el pacto de la base Boiso Lanza (no solo cayó Francese; surgió la tutela de los uniformado al crearse el Consejo de Seguridad Nacional, el Cosena, y ser nombrados nuevos ministros y jefes militares), y en una nueva comparecencia radiotelevisiva, le quitó gravedad a la situación, dijo que todo se encaminaba a la normalidad y era necesario que los militares dieran “seguridad para el desarrollo”. En los meses siguientes, Bordaberry lideró las posturas más intransigentes, que terminaron con el orden democrático.
Zorrilla y la resistencia naval, duraron menos de 24 horas. El marino, pidió entonces su retiro, y estuvo fuera de la escena pública hasta las internas de los partidos políticos de 1982, autorizadas por el régimen, en que figuró como candidato de una lista opositora del Batllismo Unido (segundo de la ABX). Un discurso suyo llevó a la Justicia Militar a procesarlo, e impedir su postulación. Dos años más tarde, en la elección que puso término a la dictadura (noviembre de 1984), volvió a ser candidato (quinto titular al Senado, por el mismo sector colorado, que conquistó ocho bancas). Entre 1985 y 1987, ocupó ese escaño parlamentario, sin tener real vocación política. Estaba en la arena pública como figura emblemática de lo que debe ser el compromiso democrático de un militar con honor. Entre 1987 y 1990, vivió en Europa, como embajador en el Vaticano. Después retornó a su vida privada sencilla, a sus compromisos familiares.
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