Por Esteban Valenti (*)
Rúcula o lechuga, el dilema del Nuevo Siglo para los uruguayos
La derecha se queda con el placer
y la izquierda con la protesta.
Roland Barthes
¡Que tormenta de verano! Leyendo algunas reflexiones sociológicas, filosóficas, políticas, ideológicas y antropológicas sobre un aviso publicitario destinado a vender la suscripción a un canal cable confieso que no se si tomarlo en serio o asumir la actitud de los grandes oradores romanos “lascia en pasa”.
Algunos artículos me despiertan grandes preguntas ¿lo que se analiza es la publicidad o la vida de los uruguayos? ¿Tanta vehemencia y contundencia en algunas afirmaciones corresponden a alguna investigación, estudio o algún otro instrumento de estudio e investigación? ¿el olfato?
Sabido es que una de las formas más perversas de polemizar es hacer una gran y deforme caricatura y entrarle duro a golpes, al final el “nuevo uruguayo” no tiene quien lo defienda. Está allí dedicado todo el día a comprar, a leer las revistas de consultorio, mandando SMS, sintiéndose lo que no es ni nunca será y a calcular las pulgadas de más. No se sabe bien de que cosa. Mientras los feroces indagadores y filósofos la emprenden contra su sombra, su peligroso contagio, su capacidad de deformarnos a todos y arrastrarnos hacia el terrible abismo del consumismo y alejarnos de la revolución.
Tan fetichista se puede ser adorar a los objetos más allá de su uso como dánrle propiedades mágicas o diabólicas. El fetiche es el mismo. Ahora el horror es que los nuevos uruguayos saben tomar o elegir un buen vino, se compran una motito, se ponen ropa de tejidos nacionales o si son mujeres, se atreven a que le guste el fútbol. Puajjjj.
Es la historia de ciertos mitos. El problema con ciertas ideas es que por razones biográficas, culturales, sentimentales o de propaganda están radicadas en nuestra mente y actúan como especie de dictados hipnóticos que no soportan ninguna crítica ni objeción. Y no porque sean rígidos o dogmáticos, sino porque nunca las pusimos en discusión, nunca las miramos de cerca. Son los mitos.
Y hay mitos y contra mitos que funcionan de la misma manera. Es el caso del consumismo.
Ciertas campañas contra el consumismo siempre me hacen acordar a dos cosas, la fábula de la zorra y las uvas y sobre todo un diálogo en una película de Ettore Scola filmada en 1968!!! ¿Lograrán nuestros héroes reencontrar al amigo misteriosamente desaparecido en África? En la genial interpretación de Alberto Sordi y Nino Manfredi un trabajador le dice al multimillonario que despotrica contra el consumismo: “Y justo ahora que me toca algo a mi, se le ocurre (rompermi i coglioni) romperme las b......”. Así de simple, así de humano.
Por suerte para aumentar el confort no hay que rendir un examen, hacer un curso universitario de buen gusto, para comprarse una motito, un plasma, comer un churrasco de más, tomar un buen vino, viajar, divertirse, comprarse zapatos, cambiar los pantalones grises y hasta el saco azul, tener un celular y una laptop y muchas otras cosas más.
Los aumentos de salarios y de las jubilaciones por las que peleó la gente socialmente, sindicalmente y políticamente ¿A que deberían dedicarse? ¿ a seguir viviendo como antes o algo mejor o mucho mejor?
Para incursionar en ese infecto territorio de las compras ¿a quien debemos pedirle permiso? ¿al pasado? ¿a los doctos? ¿a los que todavía no salieron de la pobreza? Ojo que no es lo mismo ser profundos que haberse venido abajo.
¿Qué principios revolucionarios de izquierda estamos lesionando si en lugar de arrastrar la duda sobre la viabilidad o no del país, sobre nuestras derrotas y frustraciones nacionales tenemos mucho más confianza y nos animamos a emprender nuevas cosas a nivel nacional, social y personal?
Lo insólito es que eso esta sucediendo con un gobierno de izquierda, y que aquí en Uruguay luego de muchas décadas de decadencia, del sacrificio en el altar del “no se puede” y de la mediocridad total, estamos cambiando, estamos viviendo materialmente y espiritualmente mejor. Si espiritualmente, porque si hoy nos podemos proponer encarar temas de la educación y de la cultura de manera diferente es porque los maestros, los médicos, los enfermeros, los policías, las trabajadoras domésticas, los peones rurales y muchos otros trabajadores no siguen ganando 4 mil pesos, o en otro plano no hay un “cobre” para ninguna actividad cultural.
Para que algunos se queden tranquilos y conformes siempre podemos volver a eso y sobre todo a que la derecha gobierne y se quede con el placer del poder así podremos volver al pesimismo y a arrastrar los pies. Eso si, con zapatos gastados y rotos...
Si hoy nos podemos proponer nuevos horizontes en muy diversos aspectos es porque tenemos una base material diferente, el país creció, está creciendo y la gente, la mayoría de la gente, se siente participando de ese proceso.
Es cierto, cambiaron los tiempos, la sensación de la velocidad de los acontecimientos, de la relación espacio y tiempo, las nuevas tecnologías nos asaltan y no siempre somos capaces de acompañar esos procesos con una reflexión cultural adecuada. Pero para eso no sirven ni los fetichismos consumistas ni los otros. Hace falta cultura, ideología y seriedad.
Los que utilizando un momento, un flash de la realidad lo transforman en un mensaje publicitario entre millones de otros mensajes tienen la absolución de su objetivo concreto, pasajero. Los otros los que levantan las banderas de la revolución y de cierta nostalgia para lanzar una alerta roja y ruidosa no tienen ni siquiera esa justificación. Es puro mensaje, texto y fogonazo.
Todos vivimos en la tensión entre el aumento del consumo a nivel universal y los recursos limitados de la Tierra, pero pretender resolverlo con ese discurso es sólo comodidad y soberbia intelectual.
El reloj de la izquierda, su incapacidad de análisis o sus reflexiones limitadas sobre la crisis del sistema capitalista, sus horrores y la necesidad de construir otras alternativas más humanas y sensibles se perdió en la oscuridad, así que no sirve buscar bajo el cómodo farol de ciertos fetiches como el consumismo. Es humareda.
No quedará muy académico, muy novedoso, muy alternativo pero las batallas culturales, ideales, políticas no se libran sin los instrumentos y las armas adecuadas y si tenemos un partido, un Frente Amplio concentrado en los temas del poder casi exclusivamente o con una pobreza pre franciscana para el debate cultural, ideal y político y por lo tanto para relacionarse con la sociedad, el supuesto consumismo es lo de menos.
La zanja entre la academia y la política es cada vez más honda, por primerísima responsabilidad de la política, pero también porque muchas veces la academia y los intelectuales se dedican a tirar misiles y nada más, vamos mal. Otra que consumismo.
Hay partidos que no tienen salida, tienen límites insuperables para su reflexión porque de ello depende su propia supervivencia. Es totalmente comprensible, el problema es con algunos intelectuales que se han barricado dentro de sus propios mitos.
Una peligrosa operación – para ser diplomáticos – es mezclar todo, entreverarlo bien y discutir con ese Frankestein cómodo y mudo. Mezclar las preocupaciones por la seguridad, la firmas por bajar la edad de imputabilidad, con estar en contra de la corrupción y exigirle al estado que sea eficiente o con pronunciar la pecaminosa palabra: “chef” o “merlot”. Y todo para que los inefables sigamos siendo “nada”, condenados de la tierra a ser mediocres y además no tener derecho ni a darnos algunos gustos de lo contrario estaremos pecando contra el “verbo”. ¿El “verbo” de quien? ¿Que nuevo “verbo”?
Los 1.4 millón que se compraron un celular, los 750 mil que adquirieron una motito, los 50 mil que renovaron el auto, o compraron aire acondicionado, un plasma, una laptop o cambiamos los zapatos ¿seremos tan superficiales, tan necesitados de la luz y la verdad?
Un último apunte: si pudimos superar la crisis del 2008 y la actual, es también porque con nuestro pequeño y despreciado mercado interno consumimos, produjimos, importamos, gastamos y lo hacemos sin endeudarnos demasiado. Los uruguayos utilizamos las tarjetas de crédito fundamentalmente como tarjetas de debito y el 94% paga todo el consumo del mes a fin de mes. ¿Con los que mejoran nuestros ingresos que deberíamos hacer? ¿Ahorrar para dejarlo a nuestros descendientes? ¿regalarlos a los que están peor que nosotros, para poder ser “algo” mientras nosotros somos solidarios?
Yo me quedo con el placer, todo el que pueda y con la protesta, toda la necesaria y con la acción concreta y con resultados, los mejores del mundo. Y si por eso soy un “nuevo uruguayo” me voy corriendo a suscribirme a un cable HD y a tomar el Palacio de Invierno sentado en mi sillón favorito. Eso si, con un televisor en blanco y negro y tomando vino Harriague (nunca Tanat) en proletarias damajuanas de 10 litros.
Para recuperar nuestra presencia en el mundo, una presencia activa y participante, tenemos que revisar nuestros mitos, los particulares y los colectivos, tenemos que someterlos a la crítica, porque nuestros problemas están dentro de nuestra vida y nuestra vida necesita de las ideas con las cuales la interpretamos, y no solo las nostalgias juveniles.
Critica es una palabra que viene del griego Krino que quiere decir “juzgo” “evaluo” “interpreto”. Cada juicio, cada valoración representan una crisis de las ideas que hasta ese momento nos han regulado y que posiblemente no son las adecuadas para acompañarnos en un mundo que cambia incluso sin nuestra participación.
Quien no tiene el coraje de abrirse a la crisis renunciado a las ideas-mito que hasta ese momento dirigieron su vida, gana en tranquilidad, pero se expone a las angustias de quien no entiende y no logra orientarse en este mundo.
La publicidad sometida a juicio en los diversos artículos y opiniones es del cable Nuevo Siglo. Siglo XX cambalache, problemático y febril. Imaginemos el siglo XXI.
(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de UYPRESS.NET. Uruguay.
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